Fot. Pedro Guibert Ramos. En el bolsillo derecho de la camisa guarda los espejuelos que ayudan a conservar una vista muy cansada.“A mí nadie me conoce por el nombre, todos me dicen Mangé. Tengo 5 hijos, 2 en Palma Soriano y tres en La Habana. Soy viudo. Hace 35 años que vivo sólo y de alquiler en alquiler. Yo soy un cacique en Contramaestre. Aquí todo el mundo me conoce. No padezco de ninguna enfermedad”.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu
Todos los días, al ir para el lugar donde trabajo, en la Alcaldía de Contramaestre, Cuba, paso por el área exterior del restaurante de comidas típicas El Trópico. La imagen de un anciano venerable me detiene. Su pregón invita a la reflexión sobre la tercera edad: “וֹHay fósforos!”.
El sombrero no deja apreciar la cabeza despoblada de cabellos. La vista ausente. Algunos paseantes ni reparan en su presencia, olvidan que un día llegarán a ser ancianos y necesitarán cariño para hacer soportable la vida.
Varias veces lo invité a un café, lo aceptaba, pero apenas dejaba escuchar una que otra palabra. Lo hice tantas veces, que mi presencia se hizo familiar.
Este 29 de julio, de por medio un café y una sonrisa agotada, tras sus enormes espejuelos bifocales, me dijo que se llamaba Pedro Guibert Ramos, había nacido el 1ro de noviembre de 1915 y está por cumplir 96 años. “A mí nadie me conoce por el nombre, todos me dicen Mangé. Tengo 5 hijos, 2 en Palma Soriano y tres en La Habana. Gozo de buena salud. Soy viudo. Hace 35 años vivo sólo y de alquiler en alquiler. Yo soy un cacique en Contramaestre. Aquí todo el mundo me conoce.”
Con los ojos bañados en lágrimas me colocó una mano en el hombro izquierdo y dijo: “Pregono fósforos para comer y pagar un techo”.
Hombres como Mangé recorren nuestras calles en plena lucha por la sobrevivencia. De tanto admirarlo y apreciarlo en su ancianidad virtuosa, no imagino el área exterior de El Trópico sin su imagen.
Su frase favorita: “Yo se todo de Contramaestre”. La misma me hace pensar, que este hombre tiene casi la misma edad de la ciudad donde vivo. ¿Cuántas historias guardará Mangé para los jóvenes?
Terminado el café, Mangé confiesa: “Llené las planillas para ingresar al asilo, estaré allí mis últimos días, tranquilo, sin que nadie me gobierne. Jugaré dominó y esperaré por los amigos que acudan a visitarme”.
Al separarnos, le apreté su mano derecha. Los ojos de Mangé brillaron como el río Contramaestre. “Muchacho, hace falta que los jóvenes no olviden que un día serán ancianos”. Seguí el rostro encorvado, hasta que llegó al sitio donde todos los días pregona “fósforos”.
No imagino el centro de la ciudad sin Mangé; aunque tendré que resignarme a visitarlo en el asilo, donde estará, en los próximos días, acompañado por la amiga de sus últimos años: la soledad.